Lo sin fondo del Ser

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Acercamiento al proceso creativo de NEGARLO TODO / Dir. Florencia Martinelli (por Carolina Silveira)

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“Bajo” el mundo de la representación, gruñe y jamás ha dejado de gruñir, lo sin fondo, el mundo de las diferencias libres y no conectadas. No es la historia de un “olvido”, sino de una desnaturalización de la diferencia, de una conjuración activa de sus potencias, confundidas con las del caos. No se ha olvidado la diferencia, sino que solamente se la ha pensado mediatizada, sometida, encadenada, en suma fundada.

David Lapoujade

 

De un tiempo a esta parte, el trabajo de Martinelli se ha centrado en la reformulación de algunos residuos insistentes de sus obras anteriores, creando entre ellas una circularidad que podríamos llamar “sin fundamento”, ya que no se trata de volver sobre ningún tema para afirmar ninguna posición, sino más bien de observar las afectaciones que ciertos pasajes de una obra o proceso imprimen en la creadora y disparan sus próximas investigaciones, siempre en un camino de reducción –porque se toma un aspecto pequeño de lo antes explorado- y desborde –porque se lo expande ilimitadamente- , en el que la premisa minimalista –“menos es más”- se hace sentir.

Sin poder afirmar dónde comienza exactamente este proceso, podemos observar que de Las cosas se rompen (pieza colectiva presentada en este ciclo en 2013) nacen tanto Maraña (solo presentado en Solos al mediodía, 2014 ) como Una maraña insistente (trabajo grupal realizado en el INAE y en el CCE, 2015); que esa maraña grupal (una masa de personas encadenadas que avanza en diferentes territorios) continúa en movimiento en Bordeando lo imposible (versión escénica, 2016) y transmuta en una pieza objetual en Llenarlo todo. Bordeando lo imposible (instalación presentada en el EAC, donde muchos objetos –sin coherencias o categorías que los relacionen- se apiñan intentando acabar con el espacio, 2017), que a la vez se encuentra en una fuerte relación titular con la pieza que nos ocupa, donde ya no es la maraña de cuerpos que continúa su trayectoria, ni la de objetos que se agolpan en un cuarto, sino una maraña de voces que comenzó en Bordeando lo imposible multiplicada en muchos “yo”: “Yo tengo…”, “Yo vengo…”, “Yo seré…”, “Yo estuve…”, “Yo inventé…” y los del ser y el no ser, los ontológicos diríamos, que finalmente serán los que regresen para intensificarse.

Así como en NEGARLO TODO el espacio se propone como “una caja dentro de otra caja”, las obras de la creadora pueden apreciarse en esta misma lógica de producción infinita, en la que imaginamos que cada caja, más pequeña que la anterior, contiene sin embargo una concentración de información mayor, de modo que aunque pueda volverse imperceptible para los sentidos, la danza está estallando en sus múltiples modos de ser.

Esa obra-concierto no propone lo que comúnmente identificamos como movimientos danzados, sino que encuentra su modo libre de ser entre el sonido, la palabra y los cuerpos que han sido tomados por un grito: “Yo no soy”. Se puede pensar el devenir filosófico de la danza en esta pieza, recordando a Deleuze en Exasperación de la filosofía: “De cierto modo, filósofo no es alguien que canta, es alguien que grita. Pienso que cada vez que ustedes tienen necesidad de gritar no están lejos de una especie de llamado de la filosofía. ¿Qué quiere decir que el concepto sería una especie de grito o una especie de forma del grito?”

Deleuze, siguiendo a Spinoza, sostendrá el concepto de “univocidad del ser”, entendido así: “Lo esencial de la univocidad no es que el Ser se diga en un único y mismo sentido. Es que se diga en un único y mismo sentido de todas sus diferencias individuantes o modalidades intrínsecas.” La pieza parece hacerse eco de este pensamiento unívoco que no refiere a ninguna Unidad trascendente sino a un plano múltiple e irreductible: del fondo racional del “Yo pienso” cartesiano al plano sin fundamento de este “Yo no soy”, se desliza una pregunta por el Ser, o una afirmación –de la negación-, según la cual habría un principio anárquico y nómade actuando en el proceso de individuación.

Para negar las representaciones de sí, el ser y la danza hacen una especie de pacto fuera de sí, de modo que la escena se parece a la de un concierto, siguiendo un procedimiento que no está aislado, sino que tiene pregnancia en la danza de hoy. Por señalar a un referente en esta área, podemos nombrar a Mark Tompkins, un artista estadounidense radicado en Francia que ha desarrollado con fuerza la estética del concierto en sus obras y últimamente su trabajo ha virado hacia el “divertimento” y la comedia musical, en un gesto que desafía la tradición contemporánea de la danza. También podemos pensar, más cerca en el tiempo y en el espacio, en el trabajo de Rakhal Herrero, un coreógrafo argentino que presentó su pieza Basura en el FIDCU en 2015. Esa pieza presenta un doble contacto con NEGARLO TODO, ya que surge de los restos de otros procesos creativos, en el gesto ecológico de convertir la “basura” en nuevas creaciones, y a la vez se presenta como un concierto de dos cuerpos, instrumentos musicales, textos recitados, imágenes proyectadas, etc.

Desde el punto de vista musical –y de una estética del estar en escena desde la música-, Martinelli señala, por ejemplo, la influencia de Talking heads y en especial de la película Stop Making Sense (que fuera también un disco grabado en vivo en 1984). La banda de David Byrne, fundada en los setentas, se inscribe en la New Wave, retomando elementos del punk como la simplificación, pero con una apreciación mayor por los detalles y un gusto por la canción corta y energética, aspectos que están presentes en NEGARLO TODO, aunque su único tema sea de larga duración. También el título de esa película-disco dialoga fuertemente con esta obra, en el sentido de un llamado a detener la máquina interpretante que el mundo de la representación puso a andar. El desafío para los performers de esta pieza, quienes están improvisando a cada instante su lista de negaciones, parece ser justamente ese: detener la máquina del sentido, detener los fundamentos del ser en la palabra, para poder al fin, suspender el juicio.

La musicalidad de la pieza será por momentos ignorada por la palabra, se le negará su estatus como a todo lo demás, y por momentos tendremos la sensación de no estar viendo más que al pensamiento desnudo esforzándose por decirse entre la carne y los sonidos.

La insistencia en el decir –¿o más bien el desdecir?-, tiene, para Martinelli, el sentido de “vaciar el discurso para poder generar un espacio esponjoso para el ser”. El ser-esponja se dice de su permeabilidad, de su dejar entrar y salir, sin fosilizar la vida.

En esta perspectiva, afirma la creadora, el arte se sostiene en el “sinsentido de las cosas” y se manifiesta en el “hacer porque sí”. De ahí que podamos hablar con Lapoujade (en Deleuze. Los movimientos aberrantes.) de un sin fondo del ser, de una estética y una política de la diferencia, de una inversión del platonismo del fundamento (“solo se funda para juzgar, para tener derecho a juzgar”) hacia un movimiento aberrante, que desmorone el suelo sobre el que nos hemos edificado.

En el “yo no soy” reposa, implícito, el “yo no fui” que rechaza la culpa, que lucha por “acabar con el juicio de Dios” –como quería Artaud-, que abre un campo para la irresponsabilidad, para descristianizar la práctica del vivir.

Carolina Silveira