LO LISO Y EL PLIEGUE

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Acercamiento al proceso creativo de
NO ESPECTÁCULO. CONCRETO / Dir. Miguel Jaime

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El niño boquiabierto que contempla
las flores que caen             
es Buda                       

Kubutsu

La habitación se ha quedado sin paredes, y libera en el vacío luminoso un átomo, impersonal y sin embargo singular, que ya no tiene más Sí mismo para distinguirse o confundirse con los demás. Volverse imperceptible es la Vida, sin cesar ni condición, alcanzar el chapoteo cósmico espiritual.

Gilles Deleuze

En el año 2012 Miguel Jaime presenta en el Ciclo Solos al Mediodía de Montevideo –y luego en el Festival Danzalborde de Valparaíso, Chile- un solo de danza contemporánea titulado CONCRETO. Él mismo, haciendo cuerpo de su idea, desplegaba una relación con esa tela que ahora se multiplica por el número de bailarines que componen la escena de NO ESPECTÁCULO. CONCRETO, un título que reafirma aquella premisa intensificándola con una negación rotunda de nuestras expectativas: no venimos al teatro a vivir una ilusión, a entrar en el juego de la representación y la interpretación, sino, más bien, a atender el devenir imperceptible de una obra.

Recordándonos los viejos postulados del Manifiesto del NO de Yvonne Rainer, que dieron comienzo a una nueva danza en los años 60s neoyorquinos, esta propuesta retoma un sentido radical de la creación contemporánea, que exige un vaciamiento hacia adentro y hacia afuera de la obra.

Para los intérpretes –a los que aquí cabe llamar performers en su sentido pleno, es decir, accionantes de la escena-, el trabajo se desliza hacia el borde de la desaparición (Carolina Besuievsky lo refiere como “un borde de presencia y de no”): son cuerpos sensibles que atestiguan su propio devenir tan preciso e incontrolable –viviendo naturalmente esa contradicción- como el de esa tela que, en última instancia y a pesar de la minucia con que es tratada, siempre se les escurrirá, siempre dirá aquello que nadie puede prever. Esta exposición del cuerpo y la tela en pie de igualdad, en una relación horizontal y sutilmente incontrolable, se dice de aquella impersonalidad singular de la que nos habla Deleuze en el epígrafe, una liberación de la identidad anecdótica de los seres para al fin chapotear en las aguas de la vida, cósmica y espiritual, en la que se borran de un mismo plumazo las personalidades y las espectacularidades.

Para los espectadores, se trata de una invitación a la contemplación, similar al efecto de un haiku –como el que propongo, también abriendo este texto- que desde la presentación lisa de una imagen, da lugar a los infinitos pliegues del tiempo –la memoria, la fantasía- en un movimiento mental impredecible.

Miguel Jaime es practicante e instructor de un método de yoga llamado Iyengar -en alusión al maestro que lo desarrolló-, que se caracteriza por lo que el creador me refirió como un gran “trabajo mental”, es decir que una especial intensificación de la atención y una disciplina específica de la respiración son claves para abordar la práctica, lo cual también parece trasuntar la presencia escénica de los performers en la pieza.

Para ayudarme a comprender esta idea precisa del trabajo mental, Miguel me compartió un fragmento de un texto del propio B.K.S. Iyengar que la aborda: “No puedes mirarte la mente con los ojos. En asana(1) los ojos deben estar activos para ajustar el asana, pero en la respiración los oídos son importantes para escuchar el sonido de la vibración mental y ajustar su armonía. También la mente es una vibración en el espacio. El sonido de la vibración de la mente solo puede ser percibido por los oídos. Se trata de la penetración de la introspección. No nos acerca a la ruidosa capacidad pensante del cerebro, sino que, por el contrario, se pacifica el órgano cerebral. Nos acerca a la facultad intuitiva de la mente.” Esta mente, entonces, es, al contrario de la representación orgánica de una función racional, una mente sensorial, física, vibrátil.

Cuando iniciaron este proceso, Miguel le dio a cada bailarín la tela para que convivieran con ella durante un tiempo, previo a los ensayos en conjunto. Cada uno integró la tela a su cotidiano, creando una relación que más tarde se pondría en valor con las demás. Varios juegos de improvisación se sucedieron, basados en ciertos principios que en su proyecto Miguel nombra como siendo parte de una “ética del movimiento”, a saber: “lo grande sale de lo chico”, “sin ambición”, “la calma de la discreción”, “la gracia de una curva es una invitación a permanecer”. Así enunciadas, estas premisas habilitan, según el creador, un “estar absorbido en la relación” que ofrece un abanico de posibilidades no sometidas a un régimen representacional.

La parsimonia y la fuerza física de los bailarines, el sonido de su respiración y sus movimientos entretejidos con los de la tela, conforman –junto con la propuesta sonora de Emiliano Aquino y lumínica de Danisa Boyssonade- un paisaje visual y sonoro en permanente transición, exigiéndonos afinar y ajustar a cada momento la atención y la imaginación.

En la pieza, la tela es mortaja, lava, agua, barrera, piel, arena, bandera, fuego, vidrio, nada. Y es justamente esa capacidad de ser nada, ese vacío, el que habilita todas aquellas imágenes y un infinito más de posibles.

Carolina Silveira


(1) Es sinónimo de postura