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Tocar lo invisible

Acercamiento al proceso creativo de LAS MANOS / Dir. Leticia Skrycky y Alina Ruiz Folini

Los gestos milenarios que repito
desde el tender la mesa a hacer dormirse
los niños, me descubren
de pronto, su otra cara.
Es mi mano y no es sólo la mía.
Vieja mano, viejísima, viniendo
desde siglos, se mueve
por detrás de una fría, gris mirada.
Visto y pensado, el mundo
contemplado, extendido
delante de los ojos
y los ojos buscando ver los hilos
de la espesa maraña.
…Y sin embargo, manos
que nada ven, las ciegas
manos, mucho más hallan,
y sin buscar encuentran
una viva sustancia:
en palabras no entra
en los ojos no cabe.
Manos sólo la palpan.

Circe Maia

Desarrollado en el marco del Master en Práctica Escénica y Cultura Visual de Madrid, el Proyecto Táctil se materializa en tres creaciones: LA MESA, LAS MANOS y LAS LÁMPARAS, a través de las cuales las artistas investigan modos de conocer en el hacer, en un ida y vuelta entre la observación y la experiencia, la performance y el pensamiento.

Leticia y Alina convocan a Luciana Chieregati (quien también cursara el Master con anterioridad) para conformar el equipo de trabajo de LAS MANOS, una pieza que vuelca al lenguaje de la escena mundos táctiles explorados en diferentes formatos y compartidos en distintas comunidades artísticas en el transcurso de las residencias de trabajo realizadas en distintos contextos (Tenerife, País Vasco, Madrid, Santiago de Chile, Buenos Aires) durante dos años de proceso.

El proyecto y esta creación en particular se presentan como modos de trabajar en la acción sobre preguntas clave para el pensamiento y el arte contemporáneos, nucleadas en torno a nuestra cultura perceptiva, al ordenamiento y jerarquización de los sentidos en nuestra experiencia del mundo y la posibilidad de eventualmente sustituir las perspectivas ópticas por posiciones hápticas que expandan nuestro ser-mundo, revelando nuevos espacios habitables.

Un largo trecho de la investigación se centra en el abordaje táctil de materiales que –tanto como los conceptos encarnados en las prácticas- actúan como un “tercer cuerpo” entre las creadoras, un principio activo que las pone a pensar haciendo y hacer pensando sin la necesidad de acuerdos previos -incluso en el disenso-, permitiendo que la experiencia genere sus propios enunciados y estos vuelvan a volcarse a la experiencia. En una ruta de acceso que puede ser hasta infantil en su carácter lúdico (amasar algo, estirarlo, apretarlo, sacarle el jugo – como en una cocina privada que se vuelve pública-; escuchar las cosas -cualquier cosa a la mano- y los efectos de su movimiento en el cuerpo, bajo esta luz o aquella), las creadoras permiten e incentivan la mediación del placer en su proceso e, incluso, el placer como un termómetro de la empatía con los espectadores –a los que prefieren llamar visitantes o invitados, con todo lo que ese desplazamiento implica-.

Estos placeres sensuales simples que un arte de la trascendencia dejaría de lado por banales, toman un lugar preponderante en la pieza, encarnando teorías arquitectónicas pro-hápticas tanto como filosofías queer. Los ojos de la piel de Juhani Pallasmaa y el Manifiesto contrasexual de Paul B. Preciado han sido referentes y acompañantes del proceso; uno desde postulados que invitan a repensar el paradigma ocularcentrista de Occidente y el otro en la medida en que llama escandalosamente a la práctica de perversiones que desnaturalicen de una vez los binarismos impuestos en nuestra cultura sexual, donde lo visual y lo táctil también adquieren roles y poderes distinguibles. Las artistas se preguntan si es posible crear una escena feminista desde la inmersión en la tactilidad, y a la misma hora de preguntárselo crean el puente que nos permite caminar placenteramente de la experiencia a los conceptos y viceversa.

Pallasmaa trabaja con la idea de un sentido del tacto que estaría en el principio de todos los sentidos: “Todos los sentidos, incluida la vista, son prolongaciones del sentido del tacto; los sentidos son especializaciones del sentido cutáneo, y todas las experiencias sensoriales son modos de tocar.”

Marian Garcés, en un trabajo posterior que retoma a Pallasmaa (Visión periférica. Ojos para un mundo común) afirma a la vez que cuestiona esta especie de guerra contra la visión que se plantea desde el siglo XIX y en la que el arte y la filosofía han sido importantes bastiones. Propone entonces una revalorización de la visión entendida no ya como metáfora de la racionalidad (desde la tradición platónica y con la legitimación de la metafísica cartesiana) sino en sus atributos sensoriales y cognitivos plenos, no ya como una herramienta de enfoque parcial del mundo, sino como una oportunidad de captación total –periférica- y corporal –nos habla de una “caída de los ojos en el cuerpo”-. Entonces, la visión no sería desechada sino que se le reasignaría el poder que le fuera usurpado al colocarla en la cúspide del sistema sensorial pero reducida a una función de control y proyección. Esta intuición ya estaba en el texto de Pallasmaa cuando decía: “Liberado del deseo implícito de control y poder del ojo, quizá sea precisamente en la visión desenfocada de nuestro tiempo cuando el ojo será capaz de nuevo de abrir nuevos campos de visión y pensamiento. La pérdida de foco ocasionada por la corriente de imágenes puede emancipar al ojo de su dominio patriarcal y dar lugar a una mirada participativa y empática.”

Garcés intensifica esta línea: “Liberar la visión pasaría por dejar que los ojos caigan de nuevo en el cuerpo. ¿Qué consecuencias tendría esta caída? ¿Cómo se transformarían los territorios de lo visible y lo invisible? ¿En qué sentido quedaría afectada nuestra condición de espectadores? En estas preguntas se expresa un deseo: no queremos renunciar a mirar el mundo. No queremos arrancarnos los ojos para ver mejor, sino todo lo contrario: conquistar nuestros ojos para que la Medusa en que se ha convertido hoy el mundo deje de petrificarnos.” Y al final nos regala la idea de ese mundo común que podríamos conquistar tras reinventar nuestra cultura perceptiva: “Toda situación presente implica pliegues, nudos, márgenes y articulaciones que ningún análisis focalizado podrá retener. En ellos se juega la posibilidad de aprender a ver el mundo que hay entre nosotros. Un mundo común no es una comunidad transparente, no implica la fusión del espectador en una colectividad de presencias sin sombra. Hay mundo común donde aquello que yo no puedo ver involucra la presencia de otro al que no puedo poseer. Entre nosotros, el mundo está poblado de cosas, deseos, historias, palabras irreconciliables que no obstaculizan sino que garantizan nuestro encuentro.
Un mundo común es un tablero de juego lleno de obstáculos en el que, paradójicamente, sí podemos cruzar la mirada. Pero para ello no necesitamos estar frente a frente. Sólo necesitamos perseguir los ángulos ciegos en los que encontraremos el rastro de lo que alguien ha dejado por hacer y precisa de nuestra atención.”

LAS MANOS se hace eco de este problema y continúa expandiéndolo hacia nuevas preguntas, como la de si es posible a partir de una partitura de acciones basadas en verbos táctiles –acariciar, abrazar, frotar, palmear, envolver, sostener, etc.- que se torna coreografía en la escena, poner a jugar el espacio invisible que sería parte imprescindible de nuestro “mundo común”, ese espacio entre las cosas que llamamos “negativo” pero que puede ser convocado y vivido. La pieza sería en ese sentido una especie de ritual que convoca un hábitat para las personas que estamos allí. Ese espacio habitable estaría compuesto por lo que se ve y lo que no, lo que se toca real e imaginariamente, lo que sabemos de él y lo que solo podemos gozar como misterio. Pero un misterio tangible. Porque lo que no se conoce, se puede tocar. O porque lo desconocido nos puede tocar, incluso sin pedir permiso.

Carolina Silveira.