UMBRAL / Acerca del proceso creativo

Danza desautorizada

Acercamiento al proceso creativo de UMBRAL
Dir. Eugenia Silveira Chirimini  / Proyecto Campo Híbrido

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Cualquiera puede empezar a bailar hip hop.
No precisa de una 
formación.
No precisa de alguien que lo autorice.

Brendon Miranda

La “cultura hip hop” o “cultura urbana” (los términos se usan indistintamente) tiene su origen en Estados Unidos en la década del 70, y es, por excelencia, un campo híbrido de desarrollo. Los jóvenes afroamericanos e hispanos que dan comienzo al movimiento, así como todas las comunidades que surgen de su expansión internacional, conciben en sus prácticas un pensamiento transdisciplinar que posibilita la reunión de expresiones dancísticas, musicales, literarias y plásticas sin subrayar las fronteras disciplinares. El graffitti, el rap, el beatboxing, el break, el house, el vogue, y otro número indeterminable de manifestaciones, van consolidando a lo largo del tiempo una subcultura artística que en cada contexto dialoga en forma diferenciada con el mainstream o la cultura hegemónica.

Los pibes bailan lo que ven en youtube o lo que les muestra el de al lado, cantan con unas reglas que ellos mismos se ponen, escriben y dibujan en las paredes, libran batallas con sus habilidades, se exhiben, buscan el éxito personal dentro de esa comunidad. Pero también tienen consciencia de grupo, de comunidad marginal y de las batallas a librar con la Institución del Arte. Y a medida que la cultura oficial o el mercado les ofrece fagocitarlos, se preguntan por lo académico, por su profesionalización, por la preservación de su identidad o la creación de nuevas institucionalidades.

La danza contemporánea también comenzó como una reacción a la Academia, después de un largo recorrido iniciado por los “modernos”; su inscripción social no es equiparable a la de estos pibes que tomaron las calles del Bronx, porque la calle era su espacio natural –su único espacio- de desarrollo, pero antes de que la cultura artística contemporánea los incorporara como parte de su valioso acervo, parecía que podrían vivir como una contracultura, hiriendo los valores burgueses, contestando a los ideales estéticos instituidos.

No cabe en este texto un desarrollo cabal de las cuestiones socio-políticas implicadas en el movimiento subcultural del hip hop en nuestro contexto, pero sí dejar abierta la complejidad del asunto y dar cuenta del crecimiento que ha tenido esta expresión, tal vez más notorio en el ámbito de las instituciones del Estado y las academias privadas, que en nuestras calles.

Campo Abierto, un proyecto dirigido por Tamara Cubas, con sede en las afueras de la ciudad de Rivera, tiene como objetivo el diseño de programas que fortalezcan el desarrollo social a través de las prácticas artísticas. Campo Híbrido es uno de estos programas, enfocado especialmente en el fomento de los jóvenes fronterizos implicados en la cultura urbana, y toma su nombre de la primera acción realizada en su marco: una residencia colaborativa que, integrando artistas uruguayos y brasileños bajo la dirección de Renato Cruz de la Compañía Híbrida de Río de Janeiro, dio en un primer espectáculo presentado en el Teatro Municipal de Rivera en 2017.

Umbral es la creación que surge de la continuidad de este trabajo, para la cual es invitada en el rol de directora, Eugenia Silveira Chirimini, la creadora nacional con mayor experiencia en la cultura urbana y en su fusión con la danza contemporánea.

La nueva residencia, de un mes de duración, posibilitó un intercambio intenso y fluido entre un  elenco de tres artistas riverenses y tres brasileños, la coreógrafa, y el equipo de Campo Abierto. La presentación de la pieza en el Ciclo Montevideo danza implica no solo un gesto de integración de estilos (ya antes Silveira Chirimini participó del ciclo con espectáculos donde se fusionaban contemporáneo y hip hop), sino sobre todo un gesto de integración social que posibilita el encuentro de los montevideanos que forman parte del entramado habitual de artistas y público de la danza contemporánea con jóvenes artistas de la frontera a priori no identificados con la comunidad de danza contemporánea local, y el nuevo público que su presencia pueda convocar.

El espacio nuevo que están conquistando estos jóvenes, impartiendo cursos en los centros y escuelas de formación profesional de bailarines en Montevideo, asistiendo a espectáculos, charlas y talleres en el marco del FIDCU, y proyectándose para giras nacionales e internacionales con esta obra, implica no solamente una oportunidad de profesionalización para ellos (quienes manifiestan el interés de continuar esta línea de trabajo y la inquietud por pensarse como docentes y artistas y encontrar los medios de realizarse en esos campos), sino la posibilidad de expandir conceptualmente el arte de la danza contemporánea local gracias a la concreción de un encuentro necesario.

Algunos artistas del mundo contemporáneo de la danza han estado trabajando -y han expuesto sus procesos y obras en nuestro medio-, en torno a cuestiones centrales para este tipo de manifestación como lo es la relación primaria de la danza con la música, un aspecto que la danza contemporánea históricamente ha problematizado pero que lejos de resolverse, continúa siendo objeto de reflexiones teóricas y prácticas que no podemos obviar. Tal es el caso del trabajo reciente de Luciana Achugar o de la propia Silveira Chirimini, en los que proponen la experiencia directa de la música como principio motivador de una danza que se hunde en estados corporales asimilables al trace, con una impronta de religiosidad pagana, que redescubre en ese vínculo primitivo un modo natural de ser y hacer de los cuerpos y la valorización de una socialidad que pasa por allí. Así como se ha expandido en muchos lugares del mundo y en el Uruguay de la última década, una práctica regular del Contact Improvisation como espacio de creación infinita a partir del contacto entre los cuerpos, la revolución social  y afectiva que implicaron los clubes de House en Nueva York a partir de los 90s, y que marcaron la experiencia vital de las artistas que nombramos, vuelve a colocarse sobre el tapete de la danza de sala y a contagiarnos de sus placeres.

La invitación es, entonces, a vivir en el umbral (antes que a traspasarlo), ese espacio para nuestra danza instituida donde todavía es posible pensarnos como parte de una comunidad más amplia, en la que el diálogo con la vida social se haga carne y tengan lugar nuestras expresiones menos autorizadas.

Carolina Silveira