LOS CONJUNTOS DE JULIA / Acerca del proceso creativo

RESISTENCIA HORMONAL

(Acercamiento al proceso creativo de LOS CONJUNTOS DE JULIA)

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Si es cierto que el poder ha afectado cada vez más nuestra vida cotidiana, nuestra interioridad y nuestra individualidad, si se ha hecho individualizante, si es cierto que el propio saber está cada vez más individuado, formando hermenéuticas y codificaciones del sujeto deseante, ¿qué le queda a nuestra subjetividad? La lucha por una subjetividad moderna pasa por una resistencia a las dos formas actuales de sujeción, una que consiste en individuarnos según las exigencias del poder, otra que consiste en vincular cada individuo a una identidad sabida y conocida, determinada de una vez por todas. La lucha por la subjetividad se presenta, pues, como derecho a la diferencia y derecho a la variación, a la metamorfosis.

Gilles Deleuze en Foucault.

En un marco de inquietud por la construcción contemporánea de subjetividades, este grupo de jóvenes artistas de la danza -mujeres todas, y todas egresadas de la División Contemporánea de las Escuelas de Formación Artística del SODRE-, indaga en el rol que tiene la manipulación hormonal en la conformación identitaria de género y sexo y en la regulación del comportamiento social, apostando a crear un discurso crítico desde los cuerpos, un accionar que interpele los mecanismos de poder detrás de la neurofarmacología –siguiendo en este punto a Francis Fukuyama- y de lo que Paul Preciado llama farmacopornografía, para aludir al modo en que introyectamos la dominación a través del consumo normalizado de hormonas sintéticas y la exposición constante a imágenes codificadoras.

Bailar, cantar, dibujar mandalas, comer chocolate, tocarse, son algunas de las prácticas a las que los cuerpos de esta obra recurren en su proceso, con el fin de estimular las endorfinas de un modo natural, sin por ello aceptar de manera ingenua el binomio naturaleza/cultura, pero desafiando la posibilidad de alcanzar ciertos estados corporales a partir de la conciencia del funcionamiento químico del organismo, y tomando el placer como principio organizador de la experiencia. En este aspecto, vale observar una sintonía con la “práctica del placer” como sustento teórico y metodológico del trabajo de la coreógrafa nacional residente en Nueva York, Luciana Achugar. En sus procesos, esa práctica –que queda librada a la interpretación singular de cada intérprete- es fundante de todo un lenguaje coreográfico, cuyos aspectos formales están siempre supeditados a su inscripción sensorial: las sensaciones devienen formas sentidas.

A diferencia de esa investigación más intuitiva, LOS CONJUNTOS DE JULIA es un proyecto que se localiza en el cruce entre el arte y la ciencia y, como tal, encontró el espacio más adecuado para desarrollarse: las artistas fueron residentes, durante todo el proceso, del Centro de Artes y Ciencia GEN que, liderado por Andrea Arobba y Pablo Casacuberta, se ha erigido como un espacio de referencia para el desarrollo de ese cruce disciplinar en Montevideo.

Los “conjuntos de Julia”, así llamados en alusión al matemático Gastón Julia, son conjuntos de fractales que bajo determinadas circunstancias tienen un comportamiento caótico, oponible al comportamiento estable que presenta el “conjunto de Fatou” en las mismas condiciones. Así, desde el título, la pieza nos da la pauta de un campo caótico y al mismo tiempo regulado en función de la repetición a diferentes escalas de un mismo patrón: una regulación caótica se presenta como un modo de ser consistente.

Concentradas tanto en el saber científico como en la experiencia cotidiana y estética del cuerpo individual y social –y sus mutuas afectaciones- las artistas crean una suerte de laboratorio donde lo que está en juego es la libertad de los cuerpos de expresar una amplia gama de estados no consecuentes ni coherentes ni con arreglo a una narrativa particular, y que sin embargo generan un plano de consistencia. De cierta forma, puede decirse que esa transformación permanente de los estados corporales y emocionales –campos que no se tratan por separado, sino que se entrelazan intencionadamente- actúa como una reivindicación de las alteraciones hormonales que culturalmente han sido repudiadas en la mujer, señalándola como un sujeto emocionalmente inestable y en consecuencia no apto para ciertas tareas que garantizan un orden necesario en la vida social. Buena parte del patriarcado se sustenta en fundamentos de esta índole. Así también, la histórica adjudicación de “enfermedades” supuestamente exclusivas de la mujer -como la histeria, cuya etimología nos remite a la “enfermedad del útero”-, ha ido construyendo perversamente la idea del “sexo débil”.

Desde que en un sistema capitalista –donde el rendimiento y la productividad servil son la condición de supervivencia y el principal factor para la distribución de funciones y poderes- la vulnerabilidad y la aceptación del cambio permanente como modo de vida no conforman un poder sino una debilidad, hablar del poder de afectar y ser afectado es hoy la palabra revolucionaria. Y experimentarlo en escena, un acto de resistencia.

Estas jóvenes mujeres aspiran a encarnar ese poder, y lo hacen a través de la danza como herramienta emancipadora, incorporándose en el engranaje tan irregular como potente de la lucha feminista de estos días. Son parte de la misma generación que hoy nos propone mover el lenguaje hacia una zona de inclusión y plantearnos muchas preguntas en torno a los saberes que han edificado nuestra cultura. Y también nos recuerda algo que a veces parecemos olvidar y es que la danza de espectáculo occidental nació en las cortes de reyes absolutistas y fue moldeando los cuerpos a sus leyes de comportamiento, centrándose obsesivamente en el cuerpo femenino, que ha sido disciplinado desde todos los flancos a lo largo de los siglos, pero especialmente dentro de la danza, de una manera que, a veces, parece irreversible. Darle una vuelta a este tema es un trabajo colectivo que tiene pocos años –en comparación con los siglos que lo preceden- y muchas resistencias. Que un cuerpo de bailarinas recién egresadas de la Escuela Nacional lo esté planteando, nos da la pauta de que algo se viene moviendo subterráneamente y ha encontrado el momento propicio para aflorar, cosa que amerita una celebración colectiva.

Carolina Silveira