No hay error

Acercamiento al proceso creativo de
BAILAMOS SIEMPRE LAS MISMAS CANCIONES

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Sabes bien, tal vez

no pueda cambiar

no vaya a cambiar jamás.

Caer bien o mal

Se acerca el final

Mi triste final

Y tú

que ansías controlar mi vida.

La paz

con guerra son mi día a día

Día a día.

Amistades peligrosas – Me quedaré solo

BSLMC es a la vez el nombre del colectivo y del show (o chow, como ellos lo escriben) que, desde sus comienzos en el 2016 en el marco de un “Té” (instancia de muestras abiertas de trabajo) propuesto por el Taller de Danza y Creación Casarrodante, se ha presentado en espacios no teatrales (boliches, eventos nocturnos) con diferentes conformaciones y variaciones del material.

Un grupo de amigos con deseos y visiones político-estéticas confluyentes, decidieron encontrarse a bailar las canciones de siempre. Provenientes de diferentes formaciones en torno a lo artístico, se permitieron indagar en un espacio común transgrediendo en diferentes niveles un status quo del arte o de la danza contemporánea entendidos como productos de la alta cultura.

Unos meses atrás, el colectivo tuvo una inesperada inserción en los medios masivos de comunicación. Durante algunos días, en la televisión abierta, en la radio y en las redes, aparecían sin cesar las imágenes de un video promocional realizado a efectos de convocar artistas para el Laboratorio BSLMC, proyecto seleccionado por la Convocatoria Anual del Instituto Nacional de Artes Escénicas. Junto a ellas, las opiniones escandalizadas de un montón de personas, y la contraparte defensora. Se había instalado una polémica pública cuyo objeto es difícil definir. Por un lado, la pregunta por el estado del arte, su definición y alcances, que para muchos era impermeable a propuestas como esta. Por otro, las relaciones entre arte y moral, y los valores que toda manifestación pública debería conservar y transmitir, sobre todo si se paga del bolsillo de los ciudadanos.

El colectivo respondió a través de una pseudo conferencia que daba continuidad a su estilo paródico y en la que, en sintonía con su trabajo escénico, el discurso se presentaba más como provocación que como afirmación, un sketch, un número más del circo de freaks, un pliegue más del juego. Hoy esta conferencia, reversionada, forma parte del espectáculo que se presenta en la Zavala, y entre la lista de incorrecciones político-lingüísticas que espeta, desliza un irónico agradecimiento “a los medios y políticos que nos han difundido” y  transparenta humorísticamente el uso de los mentados fondos públicos, declarando que “por concepto de honorarios hemos ganado mil pesos cada une en lo que va del año”.

Uno de los momentos del polémico video que más ataques recibió, también es parte de la obra actual: una de las performers patea un bebé de juguete hacia el público, después de representar una especie de parto o aborto colectivo.

Así como juntarnos a bailar las canciones que no pudimos evitar bailar los que fuimos adolescentes en los 90s, comprende una suerte de suspensión del juicio en pro de la vivencia de un ritual colectivo, podemos pensar que este corrimiento del juicio estético y moral trae implícito un cultivo de otro modo de pensamiento, un pensamiento no regido por las categorías de verdadero y falso –o bello y feo, que no son sino prolongaciones de la anterior-. En la parodia, lo verdadero y lo falso se dan cita exageradamente, se chocan, se golpean. Se patea al bebé simbólico para repensar al bebé de carne y hueso desde la confrontación entre una visión institucional legitimadora del arte y de la vida –como un paquete indiscernible- y el derecho a un arte-vida libre de esas instituciones, al desamparo de las leyes morales que condenan un cúmulo infinito y cada vez más visible de modos de vida-otros. Porque nuestros días están gritando que las categorías que ordenan y apaciguan nuestra intensidad viviente, son insostenibles.

Por eso estas danzas desencajadas, sobre músicas “asquerosamente” populares escuchadas hasta el hartazgo, más que colocar una nueva visión de mundo organizada y tragable, dislocan la mirada del espectador medio del arte culto, reivindicando el derecho a jugar (incluso con la comida, que el pobre niño que viola el pedazo de pan que le sobra no es el culpable del hambre del mundo, señor juez), el derecho al porque sí del movimiento incesante de los cuerpos, un porque sí que no es caprichoso –aunque se reivindiquen también el capricho y la fantasía- sino ontogenético: los cuerpos no pueden parar de producir y producirse; su signo, su identidad, no están ligados a un origen –imposible, irrastreable- sino a una condición del ser como creación –o génesis- infinita.

Al grito de “no hay error”, proferido por un coro disonante, se genera un quiebre en la historia archidisciplinar de la danza; entra en escena el bailarín infradotado que no sabe la coreografía, que no distingue entre derecha e izquierda –tampoco políticamente, claro-, que no puede seguir el mandato de la música, y al mismo tiempo –y sin contradicción- la ama incondicionalmente. Este cuerpo indisciplinado muere por esa música que no entiende. Irrumpe en la escena la “infradanza”, como ellos la llaman, permitiendo una analogía con “Los idiotas” de Lars Von Trier. Su transitar inmoral y destructivo por las calles burguesas del primer mundo infundía el rechazo de los fuertes y la adhesión de los débiles. Pero también, y sobre todo, abría paso a la incomodidad, al debatirse entre la comprensión y la incomprensión.

Agregarse tetas, usar pelucas, hacer karaoke – o danzaoke-, el lipsync -o playback-, el voguing, son prácticas frecuentes del drag, de donde el grupo toma referencias y motivaciones, adoptando una estética trans trash. Subyace a estas manifestaciones un espíritu pop basado en la copia –de la mala- y un ridículo buscado y subrayado con acciones obvias, literales. De alguna manera es el éxito tardío, pobre y feo -con un glamour tercermundista- del ready made de Duchamp. Pone en la escena del teatro oficial para su automática legitimación las porquerías que nos hacen felices a todos  cuando nos sacamos la careta del arte y nos juntamos con les amigues a romper una noche que siempre estuvo rota, a repetir y repetir, otra vez como los niños, un ritual que vale por su sinsentido. Esas “amistades peligrosas” del epígrafe, que atentan contra nuestra capacidad para cambiar (¿bailaremos siempre las mismas canciones?) y nos advierten sobre la inminencia de la caída.

El “caer bajo” es uno de los fantasmas sociales que aterran al hombre medio consumidor de nuestro arte y que BSLMC pone sobre la mesa junto con dildos antirrealistas, muñecas inflables, matamoscas que ofician de látigos para prácticas masoquistas truchadas o de micrófonos sobre los que se hace la mueca del canto. Una de esas caídas es mostrar el culo, como en la tele, como en los repudiables -y siempre en el top ten del ranking– programas de Tinelli y todas sus versiones y derivados. Sin embargo, véase en esta escena, que la copia es especialmente mala, porque esos culos, de tanto insistir en mostrarse, a fuerza de durar en una posición incómoda aguantando el delirio de quien los gobierna, pierden su valor de mercado, rompen la cadena productiva del capitalismo, traspasan -al extremar su cosificación- el deseo machista posesivo.

Hablan los culos, dicen: “Quieren nuestras cuerpas y no les dejaremos”. Y preguntan: “¿Cómo hacemos para querernos?”, mientras se escuchan de fondo todos los hits ya perecidos del amor romántico, del verano y del invierno.

Carolina Silveira.