¿Quién está realmente vivo hoy?

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Acercamiento al proceso creativo de LO GRABADO EN UNA SUPERFICIE  (Dir. Vera Garat, Tamara Gómez y Natalia Viroga)

La dicotomía madre-puta está dibujada artificialmente sobre el cuerpo de las mujeres, un poco como el mapa de África: sin tener en cuenta las realidades del terreno, sino únicamente los intereses de los colonizadores.

Virginie Despentes

En 2016 se produce el primer encuentro de estas tres mujeres en torno a un proceso de investigación que, casi tres años más tarde, se convierte en una obra escénica. Mayormente en residencia en el Centro Cultural de España de Montevideo pero con otras varias instancias de trabajo (INAE -Proyecto Bitácora-, NAVE -Santiago  de Chile-, GEN, etc.), las diferentes etapas del proyecto tienen como marco metodológico la lectura, la discusión, la búsqueda de referencias, la experimentación y el análisis, en un movimiento continuo que permite observar transformaciones importantes desde las primeras aperturas al público a la pieza que hoy nos convoca.

Desde la pregunta por la potencia escénica y política de un cuerpo desnudo de mujer, las creadoras se sumergieron en un mar de referencias, comenzando por las provenientes de las artes visuales –en las que varias personas del equipo se han formado- y las artes escénicas, y en un diálogo intenso con la filosofía, la literatura y la sociología,  a través de autores que problematizan la noción de género y proponen en un marco biopolítico contemporáneo, como Judith Butler, Peter Pal Pélbart, Silvia Rivera Cusicanqui y Virginie Despentes.

En los últimos tiempos, este Ciclo ha presentado –en consonancia con un movimiento global en este sentido- un buen número de obras que ponen en el marco de la escena, desde diversos enfoques, esta inquietud contemporánea por crear o crearse un cuerpo que desmienta la red de normatividades que apresan la vida, una especie de antídoto, un anticuerpo, un modo –o varios- de combatir el “cuerpo fascista” del que nos habla Pélbart –el filósofo húngaro–brasileño- al analizar cómo la subjetividad contemporánea ha sido reducida a un cuerpo entendido como imagen corporal idealizada, un cuerpo que es en función del deseo del otro, que acepta esa tiranía.

Este tipo de obra se construye desde la convicción de que existen –como asegura la socióloga y activista, boliviana y mestiza, Silvia Rivera Cusicanqui- horizontes de emancipación en todos lados, y especialmente en los fragmentos, no ya en las utopías abstractas, etéreas, que actúan solo en el plano de las ideas y de la instrumentalidad de la política y el Estado. A la vez, Rivera nos advierte: “La incubación de un despertar es una incubación con retrocesos, es lenta, es dolorosa, y eso es el Pachakuti: los dos elementos –que son la posibilidad de una catástrofe y la de una renovación- no están separados del momento mismo. Está preñado el momento con esa posibilidad, y eso tensiona el tiempo histórico”, tomando como marco conceptual la cosmogonía aymara, y oponiéndose a visiones instrumentales de la lucha social, movimientos “impacientes” que descansan en la lógica capitalista de la inmediatez.

De ahí que los largos procesos creativos como el que engendra LO GRABADO EN UNA SUPERFICIE, sean un aspecto inalienable de la obra como tal, ya que es en las múltiples relaciones que se producen en cada instancia fragmentaria, que la obra vive y actúa sobre el mundo, sin darse a sí misma un fin, comprendiendo este momento como otro fragmento de una totalidad virtual, a la que no se aspira.

Los cuerpos desnudos de mujer que operan en esta obra –la artista brasileña Luciana Chieregati se integra a la escena en esta oportunidad- se preguntan por su feminidad apartándose del juego representacional de los cánones asumidos, performando, en vez, una suerte de género desconocido que resiste el proceso contemporáneo de re-feminización del que habla la escritora francesa Despentes, a través del cual “Las mujeres se aminoran espontáneamente, disimulan lo que acaban de conseguir, se sitúan en la posición de la seductora, incorporándose de este modo a su papel, de modo tan ostentoso que ellas mismas saben que –en el fondo- es un simulacro”. Lo que la mujer contemporánea haría al aceptar este simulacro es evitar el castigo que conlleva el acceso a los poderes tradicionalmente masculinos; se trata de un gesto tranquilizador hacia el macho, que dice “mira qué buena soy, a pesar de mi autonomía, de mi cultura, de mi inteligencia, en realidad, lo único que quiero es gustarte”.

Los cuerpos de esta obra no muestran lo que ha sido históricamente grabado en su superficie, sino que graban ellos mismos lo que desean y producen –porque deseo y producción se igualan- desde el sudor, la baba, los golpes, la apertura de sus orificios, la repetición, la insistencia, el temblor. Se colocan entre la madre y la puta y mucho más allá de esa dicotomía moralista y aberrante como todas las que –siguiendo al filósofo italiano Girogio Agamben- condenan la vida a la supervivencia, reducen al ser a una función residual, no humana, a una vida vegetativa. (Porque ya no se trata –o nunca se trató- exclusivamente de las mujeres, sino que, como se ha señalado insistentemente desde el feminismo, el machismo confiscó simultáneamente el cuerpo de las mujeres y el de los hombres: las mujeres como pertenencia de los hombres y los hombres como pertenencia del ejército y del Estado.)

Es entonces que viene a colación la voz del esloveno Slavoj Žižek preguntando: ¿Quién está realmente vivo hoy? Y sugiriendo como respuesta que tal vez solo podemos estarlo en la práctica de una intensidad excesiva. LO GRABADO EN UNA SUPERFICIE parece encarnar esta sugerencia. Situando al espectador en un régimen de proximidad que anula la posibilidad de percibir a los cuerpos como imágenes, pulsando un movimiento casi constante que resiste tanto constituirse en una danza armónica y bellamente femenina como articularse inteligiblemente, y haciéndose eco de una ancestralidad intuida, la obra es la vida de esos cuerpos.

Carolina Silveira